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domingo, 22 de enero de 2017

EL MÁS GRANDE MANDAMIENTO

AMARÁS A TU PRÓJIMO
LEVÍTICO 19.18

No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová. (RVR1960).

Ama a tu prójimo, que es como tú mismo. Yo soy el Señor. (DHH)

Ama a tu prójimo. Es como tú. VERSIÓN LIBRE, PERSONAL. 

(BHS) וְאָהַבְתָּ לְרֵעֲךָ כָּמֹ֑וךָ אֲנִי יְהוָה׃

DIOS ES AMOR. EL AMOR COMO VECTOR 
(LA DIRECCIÓN Y BLANCO DEL AMOR).

Dios es amor. Él ama. En él hay una relación: Padre, Hijo, Espíritu Santo. 
El amor no es reflexivo, autodirigido hacia la persona sobre sí misma. Siempre que se ama, se ama a alguien. 


EL AMOR COMO MANDATO. 
Amar al prójimo. Ese es el mandato. Nótese bien, el mandato no es “ámate a ti mismo”. En ninguna parte de la Escritura hay nada que se parezca a un “ámate a ti mismo”. 
Si es entre los discípulos, el Señor Jesús les ordena en  Juan 13:34-35 (DHH) «Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos».
Cada uno de ellos debía amar “al otro”, no “amarse a sí mismo”. El amor apunta a un blanco: “el otro” o “los otros”. 
Pablo sigue la misma dirección al describir el amor. Todo lo que dice de él tiene como base una relación. El amor va destinado a la persona (o personas) con quien se sostiene la relación.
Si da sus bienes es para… si es paciente, es con alguien, o amable, o sufrido, o perdonador, si cree, le cree a alguien…
Dios ama a su pueblo. Jesús ama a sus discípulos. El Padre ama a sus hijos. Amar se relaciona con alguien, quien recibe su amor.
Dios amó tanto al mundo, que dio a su hijo único, especial, para que todo aquel que en él crea, no se pierda, mas tenga vida eterna, tiene al mundo como el amado y, al igual que la salvación, es “el otro” el amado, es “el otro” el salvado”.
EGOÍSMO O LA PERVERSIÓN DEL AMOR      
En ninguna parte la Escritura dice “fulano se amó”. En todo caso, un amor pervertido tiene que ver con “amar al mundo” o al dinero, por ejemplo, o a la propia imagen, como en el caso de Ananías y Safira, que amaban el prestigio. 
El afecto autocentrado, enfocado en uno mismo, dirigido hacia “el yo del yo”, es mencionado por Pablo, quien describe una degradación y perversión progresiva al paso del tiempo,

1También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. 2Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, 3sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, 4traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, 5que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. 2 Timoteo 3:1-5 (RVR1960)

Y en Romanos escribe un panorama semejante cuando describe a la humanidad pervertida:

Romanos 1:28-32 (DHH) 28 Como no quisieron reconocer a Dios, él los ha abandonado a sus perversos pensamientos, para que hagan lo que no deben. 29 Están llenos de toda clase de injusticia, perversidad, avaricia y maldad. Son envidiosos, asesinos, pendencieros, engañadores, perversos y chismosos. 30 Hablan mal de los demás, son enemigos de Dios, insolentes, vanidosos y orgullosos; inventan maldades, desobedecen a sus padres, 31 no quieren entender, no cumplen su palabra, no sienten cariño por nadie, no sienten compasión. 32 Saben muy bien que Dios ha decretado que quienes hacen estas cosas merecen la muerte; y, sin embargo, las siguen haciendo, y hasta ven con gusto que otros las hagan.

A Timoteo Pablo definió a los hombres pervertidos como “amadores de sí mismos”  con una sola palabra, “filautoi” (φίλαυτοι).
Como de una cadena, los demás rasgos dependen del eslabón principal: avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural…
Amarse a sí mismo es una perversión del amor. Es antinatural. Es enemistad contra Dios. 
Una vez la persona centra el amor en sí mismo, su amor es autocentrado, “la perversión encarnada”.
Es la enemistad contra Dios. Y los enemigos de Dios viven un ambiente de amor torcido, insano, degradante progresivo, infame y destructor del conocimiento, del discernimiento. 
La enemistad con Dios es una mancha en progreso y ampliación paulatina. 
El amor autocentrado, es la autodeificación, la persona se autodiviniza, se hace ídolo, objeto de culto de sí misma. 
El egoísmo, como autoexaltación, es la construcción de una divinidad enemiga de Dios, la persona en el podio satánico echando a Dios del lugar que de todos modos sigue siendo suyo, el Dios, el único Dios digno de ser amado, el santo. 
Él mandó: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» Éxodo 20:3, RVR1960, y justo es lo que hace “el amador de sí mismo”.
Así, el diosecillo hombre, se autoerige como divinidad en competencia con Dios. Pero como diosecillo ni siquiera llegará a ser “dios”. 
EL MÁS GRANDE MANDAMIENTO. 
Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Deuteronomio 6:4-6, RVR1960.
Tenemos en el mandato oír, Dios, amor y pasión. No se entiende, no se comprende y no se obedece sin oír. 
Oír es el verbo que, como canal, permite a la Palabra llegar al corazón del hombre. 
Oír es primordial para la vida, más que la vista. Pablo dijo: “Por fe andamos, no por vista”; y el Señor Jesús dijo: “Bienaventurados quienes no vieron y creyeron”.
El Señor Jesús también destaca la fe en el oír. Desde Abraham (más bien desde Adán), oír es el fundamento de la fe, no la vista. 
Oír es fundamental para una relación correcta, en los estándares de Dios, como él lo desea, y como quiere ser agradado.   
  Dios, amor y pasión, en el versículo, forman el entorno y la meta del mandamiento. Son un eslabón indisoluble.
La naturaleza de Dios es la unidad, armonía y perfección. Uno, Dios es Uno, sin igual, perfecto, armónico en sí mismo. Sin igual. Supremo, nadie como él. 
Amarlo nos posiciona en lo supremo de la vida, en lo realmente importante y digno de ser amado, la suprema motivación para amar, el amor mismo, perfecto, santo, justo y sin igual. 
Como vocero de Dios, Moisés le dice al pueblo que oiga el mandato, y le ordena al pueblo amar al Señor, el eterno, de manera completa, total, con respecto a lo que es el hombre: mente, corazón, alma, espíritu, voluntad. 
Amar a Dios, como mandato, nos regresa al Edén, donde el hombre tenía una relación de amor sublime, puro, único, armónico, placentero, agradable, con su creador.
Dios se presenta en la Escritura, como la fuente de la vida, del gozo, deleite (placer), dicha y paz sin fin. 
Hoy diríamos que él es la fuente de la felicidad y del placer. En la Escritura la felicidad no existe, si se concibe a ésta como una línea ininterrumpida de alegría y gozo. 
En el planeta tierra lo que experimentamos es gozo y dicha, alegría, deleite y placer derivados de experiencias y circunstancias. 
El mandato es para bendecir al hombre, no para imponerle una carga insoportable. En todo caso es una carga de amor y deleite, de placer, paz, dicha y gozo. 
La comprobación de amar a Dios es el prójimo. No hay otro referente para comprobar que una persona ama a Dios, como no sea el prójimo. 
EL PRÓJIMO EN JESÚS
Lucas 10.25–37 registra la parábola conocida como “El buen samaritano”, narrada por el Señor Jesús en respuesta a la cuestión de un intérprete de la ley: ¿Y quién es mi prójimo?
El Señor Jesús narra la parábola y la concluye con una pregunta de confrontación dirigida al intérprete que lo cuestionó («¿quién es mi prójimo?»): ¿Cuál de esos tres te parece que se hizo prójimo del hombre asaltado por los bandidos? (DHH).
El prójimo, para algunos que viven de las etimologías, es “el próximo”, alguien cercano físicamente. 
Sin embargo, en la confrontación del Señor Jesús, el meollo es “hacerse prójimo” de una persona en necesidad, en crisis, cuya vida está en juego, además de su seguridad y su restauración. 
EL PRÓJIMO DE LEVÍTICO.  
Tenemos una traducción popular y tradicional: Levítico 19:18 No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová. (RVR1960)
¿Cómo se entiende? 

A. Ama a tu prójimo. Ámate a ti mismo. 
B. Ama a tu prójimo en la misma manera que te amas.  
C. Ama a tu prójimo, a uno que es como tú, tal como tú te amas. 

A. 1. Ama a tu prójimo. Ámate a ti mismo. La primera interpretación dice que se ordena amarse a sí mismo y amar al prójimo. 
A. 2. Ama a tu prójimo. Ámate a ti mismo. Esta interpretación da por sentado que el hombre se ama a sí mismo. No se ordena ni manda amarse a si mismo. Al darse por sentado que el hombre se ama, se le ordena amar a su prójimo. Prójimo es todo ser humano, toda persona
B. Ama a tu prójimo en la misma manera que te amas. Esta interpretación asume como posibilidad que el hombre tiene un sentir para sí mismo, pero su sentir puede ser el de alguien con problemas emocionales o existenciales de algún tipo. 
Si el hombre padece necrofilia, si es autodestructivo, si se odia, si es suicida, ¿cómo entonces amará a su prójimo? (A todo hombre.)
Este enfoque tiene la intención de desacreditar los mandamientos de Dios, haciendo recaer las bases del mandamiento en la naturaleza humana, no en la soberanía de Dios, en su supremacía como juez, y en su grandeza como Señor y Rey. 
C. Ama a tu prójimo, a uno que es como tú, tal como tú te amas. Posición clasista. Se interpreta que uno ha de amar a alguien del mismo nivel en las categorías sociales, financieras, académicas, culturales o de otra clasificación. 
Amar al prójimo es limitativo a clases o castas. Es una postura exclusivista, incluso racista. Implica una cosmovisión de un Dios diferente al revelado en la Escritura, amoroso, compasivo, de un interés global en toda etnia y en toda persona de todo nivel.  
La versión Dios Habla Hoy podría ser usada para sustentar la interpretación de la identidad o empatía para amar a alguien de lo más parecido a uno mismo. Levítico 19:18: Ama a tu prójimo, que es como tú mismo. Yo soy el Señor.

TRADUCCIÓN OPCIONAL.  
Ama a tu prójimo como tú. Yo El SEÑOR.
Ama a tu prójimo. (Es) como tú. Yo EL SEÑOR.
Ama a tu prójimo. Es como tú. Yo El SEÑOR LO MANDO. 
וְאָהַבְתָּ   לְרֵעֲךָ    כָּמֹ֑וךָ   אֲנִי   יְהוָה׃
  (Jehová)           Yo        como tú           a tu prójimo            Ama

Con base en su soberanía, El Señor manda amar al prójimo. Se lo ordena, como mandamiento, a “un prójimo”, a “alguien” que es “prójimo de prójimos”. 
“Todos somos prójimos”, todos somos “el otro del otro”. La traducción opcional modifica la comprensión del mandamiento. En vista de que el hebreo no tiene verbo ser o estar en tiempo presente, al hablarlo o escribirlo se sobreentiende dónde va a fin de que una oración sea completa. 
Al traducir literalmente el mandamiento uno puede ver dónde podría colocarse el verbo y elegir la mejor opción para comprender el mandamiento y su alcance universal. (Todos los mandamientos del Señor son así, universales.)
El verbo amar está en modo futuro. En hebreo se clasifica como “verbo imperfecto”, considerando imperfecto no como imperfecto en la concepción occidental, con defectos.
Por lo tanto, se puede traducir “amarás” o “ama”. 
“Ama a tu prójimo” se entiende. 
El verbo ser o estar, podría ponerse en varios lugares. Veamos.

Ama tu prójimo. Como eres tú (un prójimo suyo). Yo El Señor.
Ama tu prójimo. Como tú eres (para él). Yo El Señor.  
Ama tu prójimo. Como tú (Es como eres). Yo El Señor.

Al posicionar el verbo ser o estar nos da una visión más clara del mandato, de quién es el Señor y quién el ser humano. 
La persona es falible, frágil, quebradiza, efímera, enfermiza, mortal, pasajera, temporal y susceptible de sentir miedo, angustia, soledad, quebranto, depresión, preocupaciones por motivos reales o ficticios, ira, deseos suicidas por sentimientos o motivos difíciles de sobrellevar…
La persona es conflictiva, peleonera, complicada, subjetiva, rara, desubicada, grosera, ruda, mentirosa, embustera, perversa, pervertida, inventora de rarezas, perfeccionista, intolerable, fanática…
Podríamos aumentar la lista si cada uno de los prójimos enlistara lo difícil o complejo de sí mismo. 
Deseamos destacar lo difícil y extraordinario que sería amar y ser amado. 
Al ver y considerar el mandamiento, nos coloca en el nivel o nos revela nuestro nivel: Somos parte del mismo género. Somos iguales de imperfectos y podríamos comprendernos mejor si obedeciéramos el mandamiento. 
Si te sientes incomprendido, solo, que nadie te entiende, si crees que los demás son raros, no tú, pero tú eres la persona sola, aislada… ¡hay alguien como tú! ¡Y siente lo mismo! ¡Piensa lo mismo! 
Ama a tu prójimo. Es como tú, Yo el Señor”.  No nos cuestiona quién es nuestro prójimo. Más bien nos revela quiénes somos todos y cada uno: miembros de la humanidad creada por Dios. 
Por lo tanto, él es el Señor y su señorío lo manifiesta al dar, con justa razón, mandatos como lo desee, como Señor. ¡Por algo es el Señor! Por ser creador y por ser el juez justo. 
Ama a tu prójimo. Es como tú, Yo el Señor”. Nos engloba como humanidad en el nivel de creación, y nos dice cómo hemos de vernos: cara a cara y con la misma naturaleza. 
Todos somos objeto, tema y parte del sufrimiento emocional, mental, espiritual, subjetivo o real. Todos construimos y leemos la realidad de manera personal, y disentimos o concordamos en la lectura. 
Formamos “grupos” de identidad con base en nuestra cultura, finanzas, profesión, oficio u otras áreas. Eso nos dice algo de nuestras semejanzas. 
Sin embargo, la semejanza no estriba en eso (oficio, profesión, cultura, finanzas, poder social o político) sino en quiénes somos: creación del Señor. 
Como criaturas, somos súbditas, gobernadas, dirigidas, dependientes y bajo el señorío de quien es nuestro Rey, El Eterno (Jehová o Yavé). 
Amar al Señor, no es una carga, sino una bendición. Amarlo será vivir en la naturaleza y ambiente suyos, los del amor. 
Amarlo nos bendecirá a todos los prójimos por vivir en su esfera personal de eternidad, bajo su señorío, en obediencia a cuanto él mande. 

EL PRÓJIMO JESUCRISTO.
Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Hebreos 4:15, RVR1960.
En la parábola del Buen Samaritano vemos el retrato del Señor Jesús. Él “se hizo hombre, “se hizo prójimo” de la humanidad, del hombre en general, derribando toda barrera discriminatoria. 
Hebreos hace hincapié en el poder de Cristo para comprendernos a todos, sin excepción.
Hecho hombre, padeció todo, sufrió todo, experimentó todo, pasó por toda desolación, incluyendo el abandono y la maldición de Dios… y eso, como experiencia, lo colocó en el escenario de toda experiencia de toda la humanidad, incluyendo a personas los dos géneros, y de toda edad y cultura.
No hay experiencia de dolor o quebranto, ni lucha espiritual vivida por el ser humano, desconocida por él.  
Por eso puede comprendernos, por eso podemos acudir a él en busca de consuelo, fortaleza, ánimo, paz, comprensión… 
Sobresale lo espiritual de toda experiencia humana. Todo radica en ello, en la lucha espiritual perdida por el ser humano ante Satanás. 
De allí, del pecado, de la esclavitud a él y al diablo, nos vienen las luchas que hoy vivimos. 
Y de allí, justamente, nos redime el Señor Jesús. Él venció al diablo, al mundo, y toda pasión y tentación humana para darle gloria a Dios y de allí, de su victoria Dios lo ha hecho Sumo Sacerdote. 
Como tal, nos representa ante el Padre y nos comprende en nuestras circunstancias, cualquiera sean éstas. 
El origen de todo sentimiento y experiencia de soledad, quebranto, depresión, tristeza, fracaso y angustia existencial es de origen espiritual, cuya raíz está en pecar. 
La única persona capaz de entendernos en toda y absoluta experiencia relacionada con las consecuencias del pecado es Cristo. 
Sólo él, nuestro Sumo Sacerdote. 
EL PRÓJIMO JESUCRISTO.
No hagan nada por rivalidad o por orgullo, sino con humildad, y que cada uno considere a los demás como mejores que él mismo. Ninguno busque únicamente su propio bien, sino también el bien de los otros. Filipenses 2:3-4, DHH.
El apóstol de los gentiles, Pablo, enmarca la encarnación de Cristo en un escenario de beneficio para el prójimo. 
Cristo buscó nuestro bien (como en el Buen Samaritano). Los estorbos para la búsqueda del bien del prójimo son la rivalidad, el orgullo, la vanagloria y vanidad propias, la autoestima sobrevalorada. 
En Filipenses el apóstol describe a un Jesús que se hace pobre para enriquecer a los pobres con su riqueza. 
Jamás se aferró a lo suyo, su gloria. Asumió un papel humilde, gris como persona, de bajo perfil, de siervo, de un trabajador perdido en el mundo laboral de alto perfil y de gran demanda. 
Nuestro papel es imitar su humildad, ser como él, darle la espalda al orgullo, olvidarnos de toda grandeza personal, ni siquiera mencionarla. 
Cristo nuestro prójimo nos lleva a hacernos prójimos. Somos iguales todos como humanidad. 
Todos moriremos igual, nos descompondremos igual después de morir, y todos rendiremos cuentas a Dios. 
El mandamiento de amar al prójimo habrá de ser una constante. En Cristo nos coloca en el campo de la obediencia, la humildad y, como muestra de una categoría mayor está compartir el mensaje de él, como redentor, salvador, como la ofrenda grata a Dios, como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 
Si entre todas las muestras de amor al prójimo sobresale una, será la de compartir lo más valioso (junto con el pan, vestido y casa), el mensaje del evangelio de Jesucristo. 
Amemos al prójimo, es como nosotros, puede perderse, pero es valioso para el Padre. 

Y para que no se pierda dio a su Hijo Unigénito y lo sigue dando en el mensaje salvador para el prójimo, el anuncio del evangelio.  

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