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viernes, 22 de junio de 2012

UNA PREDICACIÓN SOBRE LEVÍTICO


LEVÍTICO
El SEÑOR llamó a Moisés y le habló desde la Tienda de reunión. Le ordenó que les dijera a los israelitas: «Cuando alguno de ustedes traiga una ofrenda al SEÑOR, deberá presentar un animal de ganado vacuno u ovino. «Si el animal que ofrece en holocausto es de ganado vacuno, deberá presentar un macho sin defecto, a la entrada de la Tienda de reunión. Así será aceptable al SEÑOR. Pondrá su mano sobre la cabeza de la víctima, la cual le será aceptada en su lugar y le servirá de propiciación. Después degollará el novillo ante el SEÑOR, y los hijos de Aarón, los sacerdotes, tomarán la sangre y la derramarán alrededor del altar que está a la entrada de la Tienda de reunión. Luego desollará la víctima del holocausto y la cortará en trozos. Los hijos de Aarón, los sacerdotes, harán fuego sobre el altar y le echarán leña; después acomodarán los trozos sobre la leña encendida del altar, junto con la cabeza y el sebo. Las entrañas y las patas se lavarán con agua, y el sacerdote lo quemará todo en el altar. Es un holocausto, una ofrenda presentada por fuego de aroma grato al SEÑOR». Lv 1.1-10
I. SU NOMBRE
En la Biblia hebrea su nombre se toma de las primeras palabras del libro, como en cada uno de los libros de la ley de Moisés. Así que su nombre es «Y llamó» (וַיִּקְרָא). Literalmente podemos citar: «Y llamó el Señor a Moisés...»
 ¿Qué temas trata? ¿Qué asuntos ocupan un papel central en su contenido? ¿Por qué tanto sacrificio? ¿Por qué tanta sangre? ¿Cuál es el perfil de Dios en este libro? ¿En qué aspectos vemos a Cristo? ¿Qué atributos de Dios vemos aquí?

II. PUNTOS FUERTES DEL LIBRO
Temas relacionados con el culto
Sacrificio vicario.
Culpa.
Perdón.
Santidad de Dios.
Mandamientos.
Santidad del tiempo.
El libro tiene un fuerte acento sacerdotal. Lo ves en los detalles de cómo agradar a Dios.
Agradas a Dios en el modo de relacionarte con él. Dios es santo, para relacionarte con él debes santificarte y te santificas con aspectos evaluables, con una conducta que se puede medir y calificar en relación con Dios:
a. Tienes culpa? Dios es santo. ¿Cómo te puedes relacionar con Dios? Qué debes hacer para solucionar tu culpa? ¿Cuál es el remedio de Dios para tu culpa?
b. ¿Qué tipo de pecado cometiste? ¿Qué tipo de sanción te corresponde?
c. ¿Qué papel desempeñas en tu sociedad? ¿Cuál es la culpa que debes reponer?
d. ¿Qué aprendes de los sacrificios que se te piden?
e. ¿Cómo debe ser tu culto para agradar a Dios?
a. Tienes culpa? Dios es santo. ¿Cómo te puedes relacionar con Dios?
Para empezar, el sistema sacrificial te pone de cara con una realidad: eres de naturaleza caída, pecadora, e irremediablemente vas a pecar porque ésa es tu naturaleza.
Para continuar, no importa tu concepto de maldad. No importa qué pienses que esté bien o mal, porque eso tiene que ver con tu cultura, con tus gustos, con tus preferencias, con tu educación, con quienes te formaron, con dónde estudiaste, con tu nivel académico.
Por ponerte un ejemplo. En algunas comunidades religiosas es pecado maquillarse, que las mujeres usen pantalones o anden con el rostro descubierto. O que usen escotes pronunciados, o pantalones que parecen una segunda piel.
En algunas comunidades se considera no pecado, pero sí una falta de respeto a la moral que las mujeres usen minifaldas o joyas.
En otras comunidades se considera profano que los hombres se hagan tatuajes, se perforen las orejas y usen aretes o tengan rasgos afeminados, por leves que sean.
Sin embargo el pecado, en La Escritura, no tiene que ver con la cultura, sino con la voluntad y la presencia de Dios.
¿Quieres saber qué es pecado? Por decir algo que en las culturas incluso es aprobado: arrogancia, altivez, orgullo.
Quizá pienses de ti que no eres una persona orgullosa. Sin embargo, la comprobación es la sociedad, no tu sentir. Pero aún así, la comprobación categórica y definitiva es La Escritura.
Si eres una persona orgullosa, engreída, opinarás de todo con autoridad, con perfección, menospreciarás a los demás, los descalificarás y pensarás que sólo tú eres bueno para tal o cual tarea, para calificar tal o cual discurso, tal o cual diseño.
Si alguien es bueno para dicho proyecto, eres tú. El orgulloso piensa: «Yo lo hubiera hecho a la perfección».
Hablo de una actitud que incluso en culturas como la nuestra es elogiada. Chicas, muchas chicas en nuestro contexto quieren salir con varones que donde se paren exijan la atención propia para señorones, propia de gente que sabe exigir. Eso, mi hermano, es patanería, no señorío.
¿Qué es pecado? Sexo fuera de matrimonio, sí, eso es pecado. Adulterio, sí, eso es pecado, codicia, avaricia, o el avaro o avara, son comparados con gente diabólica. Robar, mentir, no diezmar, ser lujurioso, difamar, ser chismoso, eso es pecado, no sólo matar, secuestrar, o cometer fraudes.  
Podríamos resumir diciendo que pecado es todo quebranto de las leyes de Dios manifestadas en La Escritura. (Pablo ahonda aún más, al afirmar que la Ley de Dios está escrita en la conciencia de la humanidad.)

III. EL RETRATO DE DIOS EN LOS SACRIFICIOS LEV. 16
Dios de comunión. Dios quiere mostrar su gloria. Dios quiere engrandecer su nombre en su pueblo, en personas particulares, Dios quiere bendecir a su gente, a su familia.
Dios compasivo, misericordioso, tierno, perdonador.
Dios quiere mostrarte cuánto te ama y sabe de qué estás hecho. Te conoce. ¿Cómo eres? Insensible, amargado, rencoroso (el rencor es reprobado por Dios, tú dirás si es pecado), cobarde o de poco ánimo, débil, desistes de persistir en tu ministerio o llamado, intransigente y censuras fácil a toda persona, juzgón, humillas a los demás con suma ligereza, o tienes hábitos ocultos de pecado.
Eso muestra algo de primera mano: fragilidad. El salmista pregunta: «¿qué es el hombre (מָה־אֱנוֹשׁ) para que tengas de él memoria?» Salmo 8.4 
¿Qué es el hombre (máh enosh מָה־אֱנוֹשׁ)? Esa palabra define al hombre en su pequeñez y fragilidad. Es una persona necesitada de afirmación. Arrastra heridas consigo. Trae cargando su historia de pesar, de dolor, de quebranto, de sufrimiento.
El enosh carga una loza de una imagen propia dañada. Las heridas del pecado sobre él dejaron cicatrices. El diablo, otras personas y él mismo, han dejado arañazos y marcas en la piel como consecuencia de pecado.
El salmo emplea varios términos para referirse al hombre: Ben-Adán (בֶן־אָדָם hijo del hombre, o humanidad), y enosh. Hay otros dos términos que aquí se omitieron: guéber (varón גֶּבֶר) e ish (hombre אִישׁ) así como otro sustantivo, zajar (זָכָר), que define varón como género, específicamente el aspecto «masculino».
Este enosh necesita paz. Necesita paz en la mente, en su corazón, en sus sentimientos, en sus emociones, en sus relaciones, en su cuerpo, en su estómago, en su cerebro, en sus pensamientos…
Y Dios se retrata a sí mismo aquí como ese gran Dios que comprende a este enosh lleno de carencias, de vacíos, urgido de sentirse comprendido, apoyado, sostenido, bendecido.
Todo este sistema riguroso de sacrificios y de un culto preciso, ritual, de una liturgia monolítica, sólo te dice una cosa: Dios te abre una ruta que te da certeza. Te dice cómo encontrarte con él, te dice que te ama y que no quiere que vivas preso de la culpa. Dios es tierno y puso una suma de detalles para decirte que si no tienes dinero, no es un obstáculo para relacionarte con él. En su ternura te dice que le ofendes de acuerdo con tus capacidades, te habla al corazón quienquiera que seas: político, ministro, obrero, rico, pobre, hombre, mujer…
Y enlista los posibles pecados, de comisión, los que realizas como acto, como acontecimiento o como actitud, o como intención, incluso los que dejas en tu ilusión y más aún, los que cometiste sin darte cuenta, llamados “Shguyot” en hebreo, estupideces, pecados cometidos “sin darse cuenta” y que para uno mismo quedan ocultos, como actos inconscientes.
¿Qué te dice esta lista? ¡Que Dios no te deja sin solución si deseas tener comunión con él.
Dios no rechaza al enosh, no lo descalifica, no le es indiferente, no le da la espalda. Todo lo contrario, ¡lo comprende!
Toda esta sangre, todas estas muertes son un mensaje para ti, son un llamado: 
«¡No te detengas! ¡Ven! ¡Acude a mí! ¡Te espero! ¡Nada te puede impedir venir a mí, porque ni yo te lo impido!»

DIOS PERDONADOR
El hombre ha pecado y su conciencia lo condena. La imagen de Dios en él, de quién es Dios, de qué es lo santo de Dios, de qué es lo justo y lo bueno, no dejan al hombre en paz, no le dan tregua cuando se estaciona en el pecado.
Entonces Dios lo abraza y lo recibe. Le muestra que su pecado puede ser perdonado de verdad, en la vida real.
El hombre debe evitar un disparate: «aprender a perdonarse»
Si yo me perdono significa que yo soy mi juez. Si yo me perdono significa que yo pongo la pena. Si cumplo la pena soy absuelto. Si soy absuelto entonces mi culpa quedó sancionada. Por lo tanto, me he perdonado. Así de fácil. 
No obstante, eso es un disparate. Nadie aprende nunca a perdonarse. La verdad es otra. Aprendemos a cargar una losa, aprendemos a vivir con un recuerdo, aprendemos a convivir con la propia vergüenza, aprendemos a tolerar a un vecino molesto que hizo su casa en nuestra conciencia y en nuestro cerebro, y por ser parte de nuestra vida no lo podemos desalojar, no podemos traer a un policía capaz de echarlo fuera de nosotros.
O bien «perdonarse a sí mismo» significa simplemente que toleras tus faltas y te importa un bledo lo que hayas hecho y vives decidiendo no ver tu pasado, sepultas intencionalmente tu culpa.
La realidad del perdón es divina, es espiritual y es obra de Dios. Sólo él puede perdonar. Nadie más. Todos esos sacrificios nos dicen que Dios tiene una disposición manifiesta a perdonarnos y a tener relaciones una vez más con nosotros. Todo ese sistema sacrificial nos dice algo más: nuestra tendencia a pecar no termina con cada fin de mes o cada fin de año. La realidad que se nos muestra es desoladora por un lado, desesperanzadora y de angustia al mismo tiempo.
(También nosotros podemos perdonarnos mutuamente, no precisamente Dios. Pedirle perdón a Dios en vez de pedírselo a quien uno lastimó es una desviación del sujeto ofendido.)
Sin embargo, por otro lado este sistema sacrificial nos dice algo más grande: que si nuestra naturaleza pecaminosa no puede ser vencida, la misericordia de Dios es más grande; que su bondad, compasión y piedad no son menores en calidad, cantidad y profundidad a nuestros actos pecaminosos.
Su bondad, su compasión no pueden ser opacados por la maldad ni la pecaminosidad humana.
Dios es bueno y la suprema bondad y disposición para perdonar se llama Cristo. Toda la sangre, todo sacrificio nos habla de algo más: No hay sacrificio suficiente que pueda cubrir la culpabilidad humana. No hay suficiente animal limpio y aprobado por Dios que pueda satisfacer la justicia divina.
Todo cuando haga el hombre a fin de tener una buena relación con Dios será insuficiente. A menos que Dios proporcione el sacrificio que satisfaga su justicia, el hombre seguirá sin esperanza intentando agradar a Dios y no lo logrará. Está destinado al fracaso, su esfuerzo finito no podrá cubrir la inmensidad cósmica de su culpa y sus alcances universales.
Y ante este panorama Dios concede el sacrificio correcto, «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo».
Cristo, el sacrificio perfecto, estaba prefigurado para ser nuestra justicia delante de Dios a favor de nosotros. Él ha pagado por nuestras culpas. Si bien algunos viviremos portando las huellas dejadas por las cicatrices de nuestros pecados, si bien esas cicatrices ocupan el lugar de nuestra culpa, lo cierto, tan real como esa culpa, es el perdón concedido por la gracia de Dios por medio de Cristo, su amado Hijo.
Gracias a Cristo tenemos entrada al Padre a su presencia directa. Nada, en ningún culto, nos lleva a la presencia de Dios. Nada. Ni el canto, ni la adoración, ni nuestras oraciones, ni nuestras buenas obras. Sólo Cristo es el camino al Padre.
El pecado y la culpa forman un sistema carcelario que envuelve todo el ser: pensamientos, conciencia, cuerpo, espíritu y relaciones y conducta.
El perdón dado por Cristo forma un ser nuevo, una nueva relación, un nuevo ser, una nueva conducta, una nueva vida, nuevos pensamientos, nuevas relaciones, nuevas metas, nueva conducta, nuevos valores.
¿Cómo vivir en este mundo como nueva persona?
1 Te perdonaron, eres libre.
2 Te dieron nueva vida, vívela para adorar a Dios y bendecir  a tu prójimo.
3. Cristo fue el sacrificio a tu favor. Murió en tu lugar para vivir en tu lugar. Como Pablo, podemos decir: 
Con Cristo estoy juntamente crucificado. Y ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Gálatas 2.20
Ahora el sacrificio tiene otra dimensión, tiene otro rumbo y otras metas. Ahora el sacrificio no es un animal. Ahora es mi culto y mi adoración a Dios en todo lo que hago. Deporte, estudio, trabajo, empresa, cursos, proyectos, campañas, brigadas, todo es mi culto a Dios.
El culto ahora tiene santidad porque Cristo está presente en mí, ahora tú eres canal de bendición para este mundo, ahora tú eres el sacrificio vivo, el sacrificio limpio y perfecto, el sacrificio aprobado por Dios, el sacrificio que se da en ofrenda viva y agradable a Dios.
Dedícate como ofrenda a Dios cada día.
Entrega en ofrenda a Dios toda actividad.
Comparte a Cristo con cuanta persona puedas.
Comprométete con mejorar tu mundo, tu entorno y tu sociedad.
Comparte a Cristo en tu familia, tu sociedad y todo entorno donde te desenvuelvas.
Lee La Biblia, ora por tu familia, tu país y tu mundo.
Participa en misiones, como intercesor, enviador o movilizador y con tus finanzas.