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miércoles, 5 de abril de 2017

SOLA FIDE I

SOLA FIDE I
הִנֵּה עֻפְּלָה לֹא־יָשְׁרָה נַפְשֹׁו בֹּו וְצַדִּיק בֶּאֱמוּנָתֹו יִחְיֶה׃
Habacuc 2:4 (BHS Bible)
4He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá. Habacuc 2:4 (RVR1960)

La Reforma dejó una base teológica basada en 5 principios: Sola Escritura, Sola Gracia, Sola Fe, Solo Cristo, Solo a Dios la Gloria. 
Habacuc 2.4, uno de los textos más citados por el Nuevo Testamento, en especial por el apóstol Pablo, es importante en el tema de la fe. 
Dicha importancia, sólo fe, la enmarca el apóstol en relación con la justificación. 
En Habacuc la fe da vida. Contrario a la fe está el orgullo. Aun cuando en nuestras culturas occidentales se conciba como contrario al orgullo la humildad. 
No obstante, la humildad es parte de la fe, pues en ésta se encuentra un factor rechazado por los arrogantes: dependencia. 
Por el contrario, la autonomía rechaza la fe, pues de suyo ser autónomo destaca el potencial humano, la certeza de la capacidad personal, confianza en la autoestima, en que uno puede lograr sus metas sin depender de Dios y el rechazo a él y sus ofertas, como Cristo, su perdón y redención.
La autonomía rechaza la fe, y con ella rechaza a Dios. O al contrario, rechazar a Dios es igual a despreciar la fe y rechazar a quien se le tendría fe, a Dios mismo. 
De cualquier manera uno no se desprende de la fe, aun cuando se rechace a Dios, pues en todo caso la fe autónoma es reflexiva, dirigida a uno mismo. 
Así, la fe descansa en lo que uno proyecta, con sus limitantes históricos. Terminará en y con la historia personal, aun cuando una persona con toda su autonomía tenga fe en dejar un legado que lo trascienda por varias generaciones. 
Con todo ello, a pesar de todo, su fe terminará con él, será sepultado con todo su poder autónomo. 
Habacuc predica en medio de grandes conflictos internacionales. Su país sufre invasión, asedios y matanzas. En éstas (las matanzas) brilla la gloria de Dios, es decir, él engrandece su nombre al llevar a cabo su justicia y castigar a un pueblo rebelde, necio, idólatra, inmoral de muchas maneras. 
Dios engrandece su nombre y su justicia. Muchos habrán de morir, miles, sin embargo, él establece una manera de sobrevivir: tener fe en él. 
Contrastan en Habacuc la muerte con la vida, la rectitud y la fe con el orgullo, y el culmen es la vida obtenida por medio de la fe. 
Una persona recta vive en plenitud; es justa. Rectitud y justicia son un binomio bíblico en Habacuc. La persona cuya alma es recta, tiene estas cualidades: es derecho o parejo; endereza sus caminos, hace que la vida sea agradable, próspera y dirige todo con rectitud. 
Rectitud, en hebreo, es la palabra yashar (יָשְׁרָה). En este enfoque es recto porque toma en cuenta a Dios. Lo que él diga (Dios) es verdad, creíble, incuestionable, ciertísimo y confiable, veraz. 
 Alguien recto confía en Dios. “Confiar” tiene, como término, su raíz en fe. Significa “con fe”. Dios es confiable. 
Ha cumplido todo cuanto ha prometido, y su mayor promesa, desde un principio, fue enviar al Mesías Jesucristo para salvar a quienes crean en él, en el anuncio del evangelio. (Cristo es el centro del evangelio.)
De allí que en el cuadro descrito por Habacuc el orgulloso desprecie a Dios, lo eche fuera de su vida. Prefiere aferrarse a la fe en sí mismo, en vez de aceptar la oferta de Dios y creer en Cristo. 
Opta, el orgulloso, por la muerte, fruto de su autonomía, en vez de recibir con beneplácito la graciosa oferta divina de creer en Cristo y recibir la vida ofrecida por Dios, en Cristo. 
Si alguien asemejara la muerte con el orgullo o los pusiera en paralelo, estaría en lo cierto a la luz de lo dicho por Habacuc. Orgullo y muerte son siameses. Sin cirugía ni remedio que los separe. Nacieron para morir iguales. 
Carecer de rectitud es abundar en orgullo. Y abundar en orgullo es igual a vivir en incredulidad y rechazo de Dios y las virtudes santas dadas por Dios, como la humildad. 
Cristo fue y es el hombre modelo por excelencia. Cumplió en todo, a la perfección, los requisitos de las normas establecidas por la Ley de Dios manifestadas en el Pentateuco. 
Sólo él ha cumplido absolutamente a la perfección tales demandas. Hacerlo requería ser divino, humilde, depender de Dios en todo
Por una sencilla razón: significaba, en todo, hacer una voluntad ajena, la de Dios, no la propia, manifestada en la ley.
Conllevaba creerle todo a Dios, poner por encima de la propia convicción, la del Padre y, junto con ello, practicar las convicciones de él. 
Así, vemos al hombre llamado santo, Cristo, cuya vida es presentada con rectitud plena en todos sus aspectos. 
El hombre de fe, absoluta y total, es Cristo. Otros hombres de fe son quienes creen en el evangelio y lo anunciado por los apóstoles de Cristo. Como Abraham, que le creyó a Dios y le fue contado por justicia.

El justo por su fe vivirá. 

“El justo” es alguien relacionado con Dios. Tal relación es de convivio, compañerismo y adoración. 
“El justo” es considerado sin culpa, puro, limpio y recto por y delante de Dios. No tiene pecado, ni nada que lo distancie de Dios, ni vive enemistado con él. 
Contrastado con “El justo”, es el orgulloso, cuya alma no es recta. “El justo” lo es porque le cree todo a Dios, es humilde y le dice “sí” a lo declarado por Dios, recibe sus ofertas, su mensaje y su perdón. 
“El justo” admite ser culpable y carecer de méritos delante de Dios. Pero Dios le ofrece una justicia no humana, la de Cristo. 
La gloria de Dios cubre la tierra como las aguas la mar, en la visión de Habacuc. 
Esa gloria son miles de muertos. La tierra entera está cubierta de cadáveres de quienes no le creyeron a Dios y sí creyeron en sí mismos. Eran autónomos, gente con alta autoestima, humanistas con fe en la humanidad, en sí mismos, en las capacidades del hombre, de todo ser humano. 
Esa fe era el reverso de la rectitud. Maldad pura en esencia. Gente que, con su vida, maldecía a Dios. 
El reverso o contrario del malvado era el que bendecía a Dios con tenerle fe, con creerle. 
En eso consiste la justicia del evangelio anunciado por Habacuc: El justo por su fe vivirá
Sobrevivieron a la manifestación de la gloria de Dios (las matanzas) quienes le creyeron a Dios. 
Creerle a Dios da vida. La fe dada por Dios es fe redentora, fe que salva y preserva la vida para la gloria de Dios (gloria de vida, comunión y adoración). 
El justo por su fe vivirá. Cristo, como centro del evangelio, como el evangelio mismo, es quien personifica el mensaje que da vida. Creer en el evangelio es creer en Cristo. 
El justo por su fe vivirá. En el evangelio se pone de manifiesto (se revela, se hace objetivo y visible) la justicia de Dios. 
La Ley (expresada en la Torá, con sus exigencias) establecía maldición a quien la recibiera y no la cumpliera. 
Nadie, jamás, tendría la perfección exigida por la Ley para cumplirla. Por eso todo hombre está bajo la maldición de la Ley, porque jamás podrá cumplirla. Así lo establece la misma ley. 
Cristo, el único con cumplirla a cabalidad, le da plena satisfacción a Dios con su vida, justicia y rectitud. 
Pero al morir (su muerte vicaria) es nuestra muerte, nuestra maldición es suya y su justicia, obediencia y rectitud pasan a ser nuestras. 
Por eso su paz con Dios, vivida en su relación, es nuestra, de allí la declaración del apóstol: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.
Su paz vivida con Dios es nuestra, como nuestra su vida, su santidad, rectitud, pureza, sabiduría, redención.. ¡Él es nuestro todo!
Su justicia ahora es nuestra, como suya nuestra culpa. Nuestra es su bendición, como suya nuestra maldición. 
 En él somos perdonados, recibidos en comunión con Dios, ¡Sólo porque creímos que él es justicia nuestra!
¡Sólo por creer en el evangelio! Y eso derrumba y colapsa la vanidad, el orgullo y la altanería del alma que no es recta. 
¡Pero le da gloria a Dios!
Creer en el evangelio nos posiciona sin méritos delante de Dios, pero exalta los de Cristo y su gloriosa gracia, perdón y amor divinos. 
La fe que justifica humilla al hombre y le da gloria a Dios y adoración a Cristo, cuya muerte es la muerte de la muerte, y su resurrección la demostración de su santidad y el poder de la vida divina. 
La fe cree cuanto dice La Biblia de Dios y del hombre. Él es santo, eterno, sublime, todo poderoso, único, soberano y creador y nosotros (la humanidad) pecadores, irredentos, incapaces de lograr méritos delante de él, incapaces de vencer la muerte, el pecado y al diablo. 
Toda victoria es de Cristo. Él ha logrado todo. Él es supremo. Él es Dios, santo y todo poderoso. Es manso y humilde de corazón. Él es el siervo elevado al más grande, alto y santo honor, pues se le ha dado el nombre que es sobre todo nombre, el de Jehová o Yavé. Es hombre y es Dios eterno.
Creer en él, tenerle fe, creerle a él, eso nos hace justos. ¡Sólo creer en el evangelio, que afirma el perdón de Dios si uno asume como propio el sacrificio de Cristo!
¿Quién puede tener esa fe? ¡Nadie! A menos que le sea dada. Es fe que salva. ¿Y quién salva? ¡Sólo Dios!
El humanista dice que el hombre puede llevar a cabo lo que Dios le pida. Sin embargo, La Biblia dice que las obras de Dios sólo él las puede llevar a cabo y dice, contundente, que la salvación pertenece a Jehová, y que “en el evangelio se revela la justicia que proviene de Dios, la cual es por fe de principio a fin… (Romanos 1.17 NVI”
Todo es de fe desde su inicio hasta su fin. Dios comienza la buena obra y él la consuma, no el hombre. 
Por eso la fe que salva pertenece a, es de origen de, y viene de Dios, de principio a fin. 
Pablo redondea por todos lados la doctrina de la fe, gracia, salvación manifestados en el evangelio; dice: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» Efesios 2:8-9 (RVR1960).
Fe, gracia y salvación son don de Dios. Todo pertenece a Dios y nosotros también, por eso somos hechura suya, creados para buenas obras, y la buena obra es creerle a Dios. 
Dicho de otro modo, fe es hacer nada, fe es hacer todo. Nada con respecto a los méritos propios, y todo por creer que Cristo lo hizo todo. 
Sola Fide. Sola fe. En Cristo. 
La sola fe es en Cristo, depositada en él y sus méritos. La fe que salva es como una ecuación: FE + NADA. 
Cristo lo ha hecho todo. Aun cuando hay creyentes en Cristo que invalidan la fe del evangelio por creer que uno es salvo por tener fe en Cristo y las buenas obras, fe en Cristo y la ayuda de los santos o las vírgenes o fe en Cristo y las indulgencias o fe en Cristo y el sacrificio incruento realizado en la misa… 
Pero… La Biblia dice que sólo por fe en Cristo somos salvos de todo: la muerte, y la condenación eterna, salvos del infierno. 
Los malditos seguirán con sus convicciones que los colocan bajo esa condición de malditos, por creer que pueden lograr su salvación con buenas obras. 

Los bienaventurados seguirán adorando y bendiciendo y amando a Cristo con todo su corazón, viviendo para él y compartiendo el evangelio de la fe y la gracia dados por Dios en Cristo, a quienes sean la gloria, el honor, la majestad y el poder por todos los siglos, con todo nuestro apasionado amor. Amén. 

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