Buscar este blog AMAR LA PALABRA

martes, 21 de febrero de 2017

¿¡MALDITO CRISTO!? ¡BENDITO CRISTO!

¿¡MALDITO CRISTO!?
¡BENDITO CRISTO!

13Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), 14para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu. Gálatas 3:13-14 (RVR1960).
Violar los mandamientos de Dios trae consecuencias. Nadie puede violar una ley y ser no culpable. Aun si ignora qué dice la ley o que hay una ley que prohíbe algo, hacer ese algo lo hace a uno culpable. La ignorancia no lo hace a uno inocente, ni lo exculpa o libra de transgresión. 
De acuerdo con lo establecido por Dios, el hombre debía practicar el sacrificio para quedar en paz (buena relación con él). 
Su ley establecía que sin sacrificio, sin derramamiento de sangre no era posible redimir, librar a un culpable de su transgresión. 
De diferentes maneras se ilustró a Israel de esta necesidad. El sistema levítico, con sus sacrificios por el pecado, las fiestas como la Pascua…
Al mismo tiempo la Ley establecía la necesidad de un vicario, un representante, uno que ocupara el lugar del culpable. 
El vicario (el animal por ser sacrificado) cargaba con la culpa. El oferente “trasladaba sus transgresiones” al animal. 
El animal sufría la “muerte vicaria”. Moría ocupando el lugar del oferente, quien reconocía su culpa, pecados y transgresiones. 
Al mismo tiempo el animal portaba la admisión y confesión de culpabilidad de pecados y transgresiones del oferente.
Era la evidencia misma de transgresión, culpa y portador de una sentencia de culpable y una orden de muerte. 
No quedaba ahí. 
La víctima también era inocente de toda culpa, transgresión, pecados u ofensas contra Dios y contra la gente. 
Como vicaria, la víctima portaba en sí misma su pureza. Un cordero jamás podría transgredir el mandamiento de codicia, idolatría, adulterio, asesinato, falso testimonio… 
¡Tenía una pureza absoluta! ¡Era santo! El cordero sacrificado en el sistema levítico mostraba todas las implicaciones de la culpa del hombre y de la santidad de Cristo. 
Más aún, el hombre era maldito o maldecido por la Ley. Ésta establecía una maldición para quien no cumpliera con la Ley:  

«Maldito sea quien no practique fielmente las palabras de esta ley.»
Y todo el pueblo dirá: “¡Amén!” Deuteronomio 27:26 (NVI).

Ninguna persona habría podido cumplir jamás con la Ley. Su función (de la Ley) era confrontar al hombre con su incapacidad para agradar a Dios, su incapacidad para ser santo, así como su incapacidad moral y espiritual. Apuntaba (la Ley) a guiar a la persona a aprender a confiar en un vicario, provisto por Dios, para tener fe en él y depender de él para vivir en paz con él. 
Cumplir con la Ley requería ser perfecto y de naturaleza santa, como al inicio de su creación lo fue el ser humano. 
Tal hombre perfecto fue Cristo. Sólo él cumplió la Ley en su totalidad. Santa, como es la Ley, y perfecta, requiere una persona como ella para vivir de acuerdo con sus estatutos. 
Esa persona requerida es Cristo, su dador. De él es la Ley, de él es dádiva al hombre, de él viene. Él es santo, por eso establece una Ley santa. Por lo tanto, como juez divino, sólo él puede cumplirla. 
La incapacidad del hombre es revelada por la Ley, así como lo es la capacidad humana (y divina) de Cristo. 
La misma Ley revela la divinidad de Cristo. Es santa en un grado de perfección y pureza desconocida como experiencia de vida por el hombre. 
Para nosotros es como un atisbo. Nos es extraña su naturaleza, y probamos lo santo sólo en pequeñas pruebas en nuestra vida. 
Hemos sido dañados estructuralmente en nuestra naturaleza espiritual, por eso desconocemos lo perfecto y lo santo. 
Pero, como dice el apóstol Pablo, vemos como por un espejo (opaco de aquellos tiempos):

«Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.» 1 Corintios 13:12 (RVR1960).
Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor. 2 Corintios 3:18 (RVR1960).

Nuestra vista no es capaz de permitirnos ver en plenitud la gloria de Dios, y nuestro entendimiento tampoco es capaz de comprender la plenitud del perfecto sacrificio de Cristo. 
Condenados como estábamos por la Ley, de su maldición nos libra quien la cumple, quien dijo “No vine para abolir, sino para cumplir”, refiriéndose a ella. Y sólo Cristo lo ha dicho, afirmado y cumplido. 
Él es “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Como cordero, sufre la muerte vicaria, como cordero, es inocente, perfecto, santo, puro…
Pero como cordero, lleva sobre sí mismo la maldición que pesaba sobre nosotros. Él es maldecido, él es maldito de la Ley, él cumple y sufre el castigo de quien reconozca su muerte vicaria en su favor. 
¡Cristo es el maldito perfecto! ¡Él es el perfecto maldito! La Ley se cumplió en él de modo perfecto. 
Exigía un sacrificio pleno, definitivo, puro, santo. Sus reiterados sacrificios sólo ponían en claro la necesidad de una paz permanente. 
Tanto sacrificio diario sólo mostraba una necesidad total perdón, completa y absoluta, así como la incapacidad del hombre para satisfacerla. 
¿Qué sacrificio o qué clase de persona podrían satisfacer las necesidades requeridas por la Ley para ser perdonados de una vez por todas y de manera absoluta?
Sólo Cristo fue capaz por ser santo, perfecto, eterno, Dios. Fuera de él, nadie; de allí la prédica apostólica al mundo: 

11Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. 12Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvosHechos 4:11-12 (RVR1960)

Jesús es Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero al mismo tiempo es el Cordero de un intercambio. 

30Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; 31para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor. 1 Corintios 1:30-31 (RVR1960).
1Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo… Romanos 5:1 (RVR1960).

Dios hace de Cristo nuestra sabiduría. También es nuestra justificación, santificación y redención. 
Al ver este panorama, Cristo es nuestra bendición, el cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham. 

13Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), 14para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu. Gálatas 3:13-14 (RVR1960).

Cristo es el maldito de la Ley. Es maldito porque lleva la maldición que pesaba sobre mí. 
La ira de Dios recayó sobre él, porque en él Dios castigó mis pecados. Él es maldito por mí, y yo soy bendito por él. 
Mis pecados no quedan impunes; Dios los castiga en Cristo. Yo, como maldito por Dios y su ley, soy considerado sin culpa, sin maldición y Cristo es considerado culpable, maldito, para que mi maldición y mi culpa sean llevados por él como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 
Pero yo, en él, soy considerado por Dios como sin culpa, santo, puro, recto, limpio, en tanto que él lleva todo lo podrido y corrupto de mí sobre él. 
Como culpable y maldito, carezco de fe, soy irredento, estúpido y necio, rebelde y enemigo de Dios, pero ahora, en Cristo, por la gracia de Dios, son considerado sabio. ¡Sabio!
Sabiduría divina, para toda la iglesia, para todo creyente. No es la sabiduría para un grupo, para un club o para iniciados en una élite de conocimiento gnóstico. 
No. Sabiduría de Dios, para conocerlo, discernir su voluntad, empaparse de ella, y ponerla en práctica en este mundo, para bendecirlo con la bendición que recibimos, Cristo. 

EL CRISTO MALDITO, NUESTRO BENDITO CRISTO, 
NUESTRO DIOS, REDENTOR Y SALVADOR

El Cristo maldito hoy es nuestro Cristo bendito. Su resurrección es el retorno de su naturaleza divina. 
La Escritura nos revela algo de lo cual pocos están conscientes: la causa de la muerte física. 
Morimos porque pecamos. Nos enseñan de niños, en la escuela, que hay un ciclo biológico: nacimiento, reproducción y muerte. 
Por eso nos espera la muerte. Sin embargo, la muerte no es natural a la creación de Dios, sino una consecuencia de pecado. 
El apóstol lo dice con toda claridad: 

Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. Romanos 6:23 (RVR1960)

No morimos por un ciclo biológico. Morimos porque pecamos. Sin embargo, Cristo jamás pecó. Por eso, además del plan de Dios, de ser el sacrificio perfecto, Dios mismo, no podía ser retenido por la muerte. 
Su resurrección nos dice que él es, ha sido y será, santo por la eternidad. Su divinidad es declarada por toda la Escritura. 
Autor de la Ley, autor de la vida, la vida misma, el Santo de Israel, Jehová o Yavé, él es el Dios mismo existente por sí mismo, sin inicio ni fin, el Eterno Yo Soy, el Alfa y la Omega. 
Todo maldito por la Ley morirá en su condición de maldito y le espera la muerte eterna. No se vislumbra resurrección para él. 
Todo maldito por la Ley que haya reconocido que Cristo, por fe, sólo por fe, murió en su lugar y que él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, tendrá la bendición de Dios, santificación, sabiduría, perdón y vida eterna, será salvo para una relación de amor con Dios sin fin. 
La comprobación de ser maldito es la muerte. 
La comprobación de que ser bendito es la resurrección y la vida eterna, para una comunión de amor eterna con Dios y contemplar la gloria de Cristo. 
La resurrección de Cristo comprueba que es santo, bendito eterno, que la muerte no tiene poder alguno sobre él, porque aun cuando en él fueron castigados nuestros pecados, la muerte y la maldición no tienen poder sobre él. 
La justicia de Dios cayó sobre él, pero como inocente y santo la maldición no podía prevalecer sobre él. 
Añadamos que si la paga del pecado es muerte, él jamás pecó, por lo tanto, la muerte no tiene dominio sobre él. 
Más aún, él jamás habría muerto. Su muerte es causada por el hombre, no sólo por quienes lo crucificaron, sino por todos aquellos que habrían de ser redimidos. 
Todavía más. ¿Cómo no resucitar si la resurrección es demostración de poder sobre la muerte, el pecado, Satanás, la carne y el mundo?
Su resurrección es triunfo. Triunfo demostrado. Triunfa la vida, el perdón, el amor de Dios, su compasión, santidad, voluntad… 
Ella, su resurrección es el signo de la ruptura del poder de la maldición y del poder mismo de la muerte. 
En sí, la muerte de Cristo es la muerte de la muerte. Y su maldición es el fin de la maldición, pero su resurrección es la transición a la bendición. 
Su muerte es nuestra muerte, pero su maldición nuestra bendición. Nuestra maldición es suya, pero su resurrección el cumplimiento de su supremacía prometida para que en todo tenga la preeminencia. 
Su soberanía es glorificada en la resurrección de Cristo. Quien jamás pecó demuestra en su resurrección su santidad, su gloria (oculta al mundo y revelada a su iglesia), su poder, su condición de ser bendito, adorado, digno de adoración. 
Adorarlo, como ser divino, como lo que es Dios, ha sido la respuesta de los redimidos. 
Hoy podemos decir con toda claridad que su maldición es nuestra bendición, que nuestra maldición fue suya, para darnos lo suyo, la condición de benditos para el Padre, la condición de llamados pare predicarlo y extender la adoración a Cristo por todo el mundo. 
¡Bendito sea el Cristo una vez maldito! ¡Bendito por salvarnos de la maldición y condenación eternas! 
¡Bendito el creador del mundo, la vida, el Santo de Israel!

¡El es bendito por todos los siglos! ¡Démosle gloria a su nombre!

No hay comentarios:

Publicar un comentario