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miércoles, 15 de febrero de 2017

CADENA: GÉNESIS-JUECES-QOHELET-APOCALIPSIS

GÉNESIS
Génesis describe la caída del hombre. Podría decirse que cayó de la gracia, concibiendo ésta como una relación especial, única, viva, intensa, pasional y santa, entre el hombre y Dios. 
El hombre gozaba de comunión ininterrumpida con el creador. La suya era una vida feliz lineal, sin altibajos. Eran desconocidas en su condición y naturaleza la aflicción, dolor, pena, sufrimiento, quebranto, tristeza y muerte. 
Con el pecado llegó lo desconocido. Al mismo tiempo se perdió la comunión, las dádivas gratuitas de Dios, su amor de la mano de la comunión y le felicidad. 
La infelicidad hizo acto de presencia en diferentes grados de manifestación. Se aposentó en la vida del ser humano para jamás salir de ella, a menos que fuera echada. 
Para ser echada era necesario vencer y desarraigar su fuente: el pecado. 
Génesis y los salmos describen un panorama desolador, producto de las decisiones del hombre (el pecado): el hombre es necio a partir de su ruptura con Dios. 
Su necedad relumbra una y otra vez a lo largo de su historia. Una y otra vez peca, es necio repetidas veces en toda su vida. No aprende de sus experiencias. Las repite una y otra vez.
A Dios le pesa, le duele que el hombre piense de continuo en el pecado. Y los salmos repiten el dolor de Dios cuando dicen que él miró desde los cielos para ver si había algún hombre, uno, que buscara a Dios, pero no encontró a ninguno. 
JUECES
«En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.» Jueces 21:25 (RVR1960)
Jueces describe un ciclo: 
1. El pueblo de Israel se aparta del Señor, le es infiel y en vez de adorarlo a él, adora la creación (su propia obra), sus imágenes. 
2. El Señor permite que los enemigos del pueblo de Dios lo acosen, aflijan, y lo derroten en las guerras, incluso que lo despojen de una y muchas maneras. 
3. El pueblo clama a Dios debido a la aflicción, y el Señor les levanta un caudillo de entre ellos, quien obtiene la victoria sobre sus enemigos, libera al pueblo, les concede victoria y el Señor les concede tiempos de paz. 
Al período de paz viene la prosperidad y el pueblo se olvida del Señor, le da la espalda y reinicia el ciclo con el paso 1, señalado arriba. 
Así, se da a continuación el paso 2, 3… sucesivamente. 
¿Qué nos muestra este ciclo? ¡La condición humana! Rebelde, idólatra, contumaz, necia, obcecada, terca, estúpida e insolente en su relación para con Dios.
Como ciclo de un pueblo, también lo es de individuos. 
Recibimos de parte de Dios una naturaleza adoradora que, encauzada en el propósito divino, nos lleva a adorar a Dios. 
Pero una vez afectada por el pecado, adoramos lo que sea. Literalmente, lo que sea, desde un perro o gato, una piedra o un artefacto, un placer, las nubes… no importa, terminaremos manifestando nuestra naturaleza adoradora. 
Toda la humanidad desemboca en la idolatría. Grave, pero lo vemos a las faldas del Sinaí, cuando Moisés, después de estar con el Señor 40 días, desciende y se da de lleno con que el pueblo adora a un becerro hecho de oro.
Jueces nos lleva a Qohelet (Eclesiastés).

QOHELET
Sigue en la línea del fracaso del hombre. Aunque algunos ven una filosofía griega en el libro, como el pensamiento circular. 
Ven un eterno retorno en él, al interpretar su dicho: “nada hay nuevo debajo del sol. Hoy es lo que ya fue y mañana será lo que es hoy”. 
Sin embargo, la manera de ver a qohelet nos permite ver, en su frase, a la luz de un panorama bíblico mayor y más amplio, no un pensamiento griego, sino una confirmación del Génesis: “el pensamiento del hombre es de continuo el mal”. 
También en Qohelet vemos la presencia del pecado en toda manifestación, momentos de la existencia, placer, relaciones, cultura y al final en la muerte. 
“Nada hay nuevo debajo del sol” es la sentencia lapidatoria a la condición humana. Las culturas y actividades humanas están inmersas, infectadas de pecado y muerte. 
Es recurrente la necedad, la estupidez y las decisiones de la humanidad en rebelarse contra Dios. 
El hombre no aprende a hacer lo bueno, es incapaz de mantenerse de manera lineal en el camino del bien. 
Carece de una naturaleza que le permita el éxito espiritual y mejorar su condición de rectitud y santidad. 
Las instituciones humanas, entre gobernantes y gobernantes reflejan la pecaminosidad humana, en pobreza, hambre, explotación y en conflictos de violencia. 
El todo del hombre consiste en adorar a Dios, vivir para él, deleitarse en él y disfrutar del fruto del trabajo que él nos concede hacer. 
APOCALIPSIS
Un personaje del libro es la bestia como cordero, pero que habla como dragón. Ejerce autoridad. Hace que se adora a la primera bestia, sanada milagrosamente. Engaña e impele a la adoración a lo que no es Dios. Hace que todos lleven su distintivo, la marca de la bestia, un número en la mano derecha o en la frente. 
La derecha, como rectora y fuerza de vida, junto con la frente, pensamiento, grandeza, franqueza, altivez, instrumento de autonomía. 
El número de la bestia es el número del hombre: 666.
¿Qué relación hay, en el contexto de toda la Escritura entre este número y la historia de la humanidad? 
Veámoslo. 
Génesis nos da la clave para interpretar al hombre. Éste rechaza a Dios, desprecia sus mandamientos y tira a la basura el orden divino. Quebranta la creación de Dios y en vez de vivir bajo la gracia, y su gobierno, altivo decide establecer sus propias normas. 
Autonomía. Adán decide echar de su vida a Dios (¡como si fuese posible!), y en vez de vivir dependiendo de su gracia, favor y bondad, decide vivir bajo su propio gobierno. 
Ignora que eso jamás será posible. El hombre fue creado para vivir bajo señorío. Y si no es el de Dios, será el del diablo (o el pecado). 
El Señor Jesús dijo que quien hace pecado, esclavo es del pecado. Por eso, o se es esclavo (siervo) de Dios o se es esclavo (siervo) del pecado. 
Pero no hay términos medios. Jamás se es autónomo, y la adoración es un referente verificador, pues si no se adora a Dios, como Dios, entonces se adorará lo no divino como dios. 
 La adoración nos muestra a quién servimos, a quién consideramos nuestro sumo bien, nuestro creador, nuestra divinidad, y ante quien somos siervos. 
A quien se le rinde culto (por encima de muchos cultos) se le considera el sumo bien, lo más divino, el absoluto rector de nuestra vida y destino. 
Jueces nos posiciona en la línea descrita por Génesis con respecto a la condición humana y la manifestación de su naturaleza adoradora y rebelde para con Dios. 
Qohelet es más contundente al verificar el ciclo descrito en Jueces y su reiterada ceguera, autoengaño, rebeldía, necedad y estupidez. 
Apocalipsis remata el cuadro. 666 es el número de la Bestia. Es el número del hombre. ¿Qué es el hombre en la Escritura? ¡Un soberano fracaso! «¡Pero soberano, al fin y al cabo!» dirá alguien. 
¡Cómo si en ser un gran fracaso sea grandioso el hombre!
666, como número, es otro ciclo visto en la Biblia. No hay nada nuevo bajo el sol. 6 = el hombre es un fracaso. 6 = el hombre no cambia. 6 = se repite lo mismo, el hombre no cambia, es un fracaso, tras fracaso, tras fracaso. 
666 es cíclico. Un monstruo parecido a un cordero, pero habla como dragón. Es blasfemo, altivo e insolente delante de Dios. 
A la visión de la marca de la bestia sobre los hombres (666) sigue la visión de los 144 mil (la plenitud del pueblo de Dios redimida), con una marca en su frente (no la del 666), la del nombre del Cordero y el de su Padre. 
Los redimidos de Dios, su pueblo santo, es arrancado de las garras del pecado, de la esclavitud a la carne (insolencia y blasfemia) y son llevados a vivir bajo el señorío perdido, el del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. 
El hombre pierde su autonomía y le es devuelta, por gracia, la relación santa, de amor y adoración pasional y hedonista, con su Dios. 
Jamás volverá a repetirse el ciclo de Jueces, de Qohelet, ni el de la marca de la Bestia, pues el Cordero quebrantó las estructuras de pecado y nos salvó de la condenación eterna. 
Su sangre nos ha limpiado de todo pecado y maldad. 
En Cristo somos nueva creación.
En Cristo somos santos, sabios, justos, rectos. 
Todo hemos recibido de gracia y sólo para él es la gloria, la honra y el poder.
Bendito sea nuestro Señor y Dios, a cuya fiesta (las bodas del Cordero), tenemos la promesa de que disfrutaremos el privilegio de ver, contemplar y deleitarnos por la eternidad, para ver su gloria. Amén. 

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